Open English se ha posicionado como una solución flexible para la capacitación en inglés de profesionales, pero su modelo evidencia una fuerte orientación comercial con escaso acompañamiento académico. Este análisis advierte sobre los riesgos de invertir en plataformas educativas donde la promesa de aprendizaje no siempre se traduce en retorno real para empresas y colaboradores.
En el entorno empresarial actual, la capacitación dejó de ser un beneficio accesorio para convertirse en una inversión estratégica. Las compañías buscan colaboradores más productivos, competitivos y preparados para operar en mercados globales. En ese contexto, el aprendizaje del inglés ocupa un lugar central, y las plataformas de educación en línea se han posicionado como una solución eficiente para profesionales con agendas saturadas. Sin embargo, no todos los modelos cumplen de manera consistente la promesa que comunican. El caso de Open English ofrece una oportunidad para analizar esta brecha desde una óptica estrictamente de negocios.
Open English se presenta como una plataforma diseñada para adultos trabajadores, con flexibilidad horaria, acompañamiento y una “garantía de aprendizaje” que, en teoría, reduce el riesgo de la inversión. Estas características la han convertido en una opción recurrente para empresas que incluyen la capacitación en idiomas dentro de sus prestaciones laborales. La propuesta es atractiva: tecnología, clases en línea y un sistema pensado para adaptarse a la realidad corporativa.
Durante la fase inicial de uso, la experiencia suele ser funcional. El acceso es sencillo, la plataforma es intuitiva y el alumno puede avanzar conforme a su disponibilidad. No hay fricciones evidentes. El problema emerge cuando entra en juego una variable completamente previsible en el mundo empresarial: el aumento de la carga laboral. En esos momentos, la frecuencia de conexión disminuye y el riesgo de abandono parcial se incrementa, como ocurre en prácticamente cualquier programa de capacitación para adultos.
Es precisamente en ese punto donde un modelo educativo sólido marca la diferencia. Las mejores prácticas en educación corporativa contemplan mecanismos de seguimiento académico, contacto personalizado y estrategias de reincorporación que permitan al alumno retomar el curso sin sentirse rezagado o abandonado. En el caso de Open English, ese acompañamiento académico simplemente no existe. No hay llamadas, correos ni intervenciones pedagógicas orientadas a entender por qué el alumno dejó de conectarse o cómo ayudarlo a continuar.
En contraste, lo que sí se mantiene constante es la comunicación comercial. Llamadas reiteradas para ofrecer extensiones de licencia, productos adicionales, servicios “mejorados” o esquemas de referidos con incentivos económicos. La relación con el usuario se gestiona prioritariamente desde una lógica de ventas. El alumno no es tratado como un profesional en formación, sino como un cliente susceptible de seguir consumiendo.
Este desequilibrio revela una falla estructural en el modelo de negocio de Open English. La empresa invierte de manera consistente en su aparato comercial, pero muestra una debilidad evidente en su estructura académica de acompañamiento. Cuando el uso de la plataforma disminuye, la respuesta no es educativa, sino transaccional. El abandono parcial no se interpreta como un problema de aprendizaje, sino como una oportunidad de monetización adicional.
Al acercarse el vencimiento de la licencia, se intentó hacer válida la garantía de aprendizaje que la propia empresa utiliza como argumento de venta. La solicitud fue razonable: una extensión limitada del acceso para retomar el curso en un contexto laboral más estable. La respuesta fue automática y uniforme: el acceso solo puede extenderse mediante un pago adicional. No hubo revisión del historial académico, no existió evaluación del caso ni propuesta de solución alineada con la promesa educativa. Los intentos de contacto con la dirección de la empresa tampoco obtuvieron respuesta.
Desde una perspectiva empresarial, este enfoque es problemático. Las compañías que contratan capacitación no solo pagan por una plataforma tecnológica; pagan por resultados, impacto y retorno de inversión. Un modelo que deja solo al alumno cuando más necesita apoyo y refuerza únicamente la presión comercial termina erosionando la confianza del usuario y, con ella, la reputación de la marca.
Por: Martín Santomé.
El aprendizaje, por supuesto, exige compromiso individual. Nadie aprende un idioma sin disciplina. Pero en educación corporativa la responsabilidad es compartida. Las plataformas que aspiran a consolidarse como socios estratégicos del talento deben equilibrar ventas con pedagogía, tecnología con acompañamiento y crecimiento con ética. Cuando ese equilibrio se rompe, la experiencia deja de ser educativa y se convierte en una simple suscripción de consumo.
Para empresas y profesionales que evalúan a Open English como opción de capacitación, la recomendación es clara: analizar con detalle su modelo de seguimiento académico, preguntar qué ocurre cuando el alumno se desconecta y evaluar si la garantía de aprendizaje es una herramienta real o solo un argumento comercial. En un entorno donde la formación es clave para la competitividad, confundir educación con venta recurrente es un riesgo que ninguna organización debería asumir a la ligera.
